Es una de las cuatro basílicas papales mayores de Roma y el templo mariano más importante de Occidente. Sus orígenes se remontan al siglo IV, aunque la actual construcción fue impulsada tras el Concilio de Éfeso (431), cuando la Iglesia proclamó oficialmente a María como Madre de Dios. Es la única gran basílica romana que conserva gran parte de su estructura paleocristiana original, además de valiosos mosaicos de los siglos V y XIII.
Según una antigua tradición, la Virgen María se apareció en sueños al papa Liberio y a un noble romano indicándoles el lugar donde debía levantarse una iglesia en su honor. La señal habría sido una inesperada nevada sobre la colina del Esquilino el 5 de agosto, en pleno verano romano. Por ello también se la conoce como “Nuestra Señora de las Nieves”, festividad que la Iglesia celebra cada 5 de agosto.
Entre sus tesoros más venerados se encuentra el icono de la Virgen conocido como Salus Populi Romani, una de las imágenes marianas más importantes de Roma, y la reliquia de la Sagrada Cuna, vinculada tradicionalmente al pesebre donde habría sido colocado el Niño Jesús en Belén. Debido a esta reliquia, la basílica fue llamada durante siglos el “Belén de Occidente”.
La basílica alberga además las tumbas de varios pontífices, entre ellos san Pío V, Sixto V y el papa Francisco, quien eligió este santuario como lugar de sepultura debido a su profunda devoción a la Virgen Salus Populi Romani. También descansan allí figuras históricas como el escultor Gian Lorenzo Bernini.

La Sagrada Cuna
Frente al Altar Papal de la Basílica de Santa María la Mayor se encuentra la Confessio, realizada entre 1861 y 1864 por el arquitecto romano Virginio Vespignani por encargo del papa Pío IX. Para su construcción se emplearon cerca de setenta variedades de mármol, muchas de ellas procedentes de excavaciones arqueológicas realizadas en Roma y Ostia.
Este espacio recuerda el vínculo especial de la basílica con Belén, razón por la cual es conocida como el “Belén de Occidente” y la Basílica de la Navidad de Roma. Desde el pontificado de Teodoro I (642–649), originario de Jerusalén, el templo también recibió el nombre de Sancta Maria ad Praesepe (“Santa María del Pesebre”).
La denominación hace referencia a las reliquias del pesebre donde, según la tradición, fue colocado el Niño Jesús tras su nacimiento. Se trata de cinco fragmentos de madera de sicomoro (Ficus sycomorus), conservados en un valioso relicario de cristal de roca diseñado por Giuseppe Valadier en 1802 con forma de cuna. Estudios científicos recientes han fechado estas maderas en la época de Jesús, reforzando la importancia histórica y devocional de esta venerada reliquia.
Francisco
La tumba del papa Francisco se encuentra en la Basílica cumpliendo el deseo que expresó durante su pontificado debido a su profunda devoción a la imagen de la Virgen Salus Populi Romani.
El sepulcro está ubicado en una zona lateral de la basílica, cerca de la Capilla Paulina, donde se conserva el venerado icono mariano ante el que Francisco rezaba antes y después de cada viaje apostólico. La tumba se caracteriza por su sencillez, en línea con el estilo que mantuvo durante toda su vida y ministerio.
Sobre la lápida figura únicamente la inscripción “Franciscus”, su nombre en latín como pontífice, acompañada por una cruz sencilla. Desde su apertura al público, el lugar se ha convertido en uno de los principales destinos de peregrinación de fieles de todo el mundo que visitan Roma.
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