Cuando un gato se marcha
no se va del todo.
Se vuelve sombra tibia en la ventana,
paso leve en la madrugada,
ronroneo escondido entre los sueños.
Dicen que existe un cielo para gatos
donde el sol nunca quema
y las siestas duran eternamente.
Hay tejados infinitos,
jardines de hierba alta
y mariposas que jamás se dejan atrapar.
Allí los esperan
los nombres que alguna vez pronunciamos con amor,
las manos que los acariciaron
y las voces que aún los llaman en silencio.
En ese cielo pequeño y perfecto
no existe el abandono ni el miedo.
Solo almohadones de nubes,
lunas redondas para mirar desde arriba
y un rincón brillante
desde donde observan a quienes los extrañan.
Y a veces,
cuando la noche parece demasiado triste,
uno de ellos baja despacio
y se acomoda invisible sobre el pecho,
como diciendo:
“Todavía estoy acá.
Solo aprendí a dormir en otro cielo.”



